Entre los ejemplos más dramáticos de cómo la pena de muerte afecta a los latinos tenemos las historias de Carlos DeLuna y Rubén Cantú — dos hombres latinos de Texas que perdieron sus vidas en casos que involucraron identificaciones erróneas, testimonios turbios, negligencia policiva, intimidación de testigos y un abandono general del debido proceso.

Rubén Cantú, ejecutado en 1993

Rubén Cantú tenía solo 17 años de edad cuando fue condenado—una condena que el fiscal original del caso describió posteriormente como “epítome de la inocencia en el debate de la pena de muerte”. El caso de Cantú fue manejado tan negligentemente que fue encontrado culpable únicamente debido al testimonio de un testigo que inicialmente dijo que “dos adolescentes mexicanos” habían cometido el asesinato. El testigo eligió la fotografía de Cantú después de que la policía se la mostrara tres veces y tras implicarlo en otro delito. El testigo posteriormente se retractó. No se encontró ninguna evidencia.

Ruben Cantu photo

Fotografía de cortesía descargada en mysanantonio.com

Mugshot photo of Carlos DeLuna

Departamento de Policía de Corpus Christi descargada en huffingtonpost.com

Carlos DeLuna, ejecutado en 1989

Carlos DeLuna fue ejecutado a la edad de 27 años por el asesinato a puñaladas de una mujer en Corpus Christi. Fue condenado, recorrió rápidamente el sistema y eventualmente fue ejecutado a pesar de que no existía ninguna muestra de sangre, DNA, fibra o huella digital en su contra. Su caso llegó a ser conocido como el caso del “Carlos equivocado” porque se sospechaba que un hombre llamado Carlos Hernández, que se parecía a DeLuna, había cometido el crimen. El caso de DeLuna estuvo lleno de agujeros. Se han llevado a cabo muchas investigaciones póstumas, todas poniendo en duda su culpabilidad—incluyendo un nuevo informe de 400 páginas que llevó a cabo la Universidad Columbia.

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